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Pensar desde el naufragio: Luisa Ortega Díaz. Por Leonardo Bracamonte

Los instantes impensados con frecuencia tienen una capacidad de proyección histórica que sorprenden a los que asisten o incluso participan de ese acontecimiento. Nuestra ruidosa historia tiene varios ejemplos de quienes optaron en un momento dado y en circunstancias específicas, por producir una diferencia que en lo adelante desencadenaría sucesos que van a cambiar las reglas de un juego convencional. Pero más importante, es preciso reflexionar sobre estos episodios de incumbencia colectiva porque en momentos en que aquellos marcos aludidos arriba están en disolución y su resultado es históricamente incierto, tales acontecimientos toman proporciones aún más insospechadas. En todo caso, sin una buena porción de azar en las idas y venidas de la historia el cambio social no sería posible. Por tanto, de las acciones humanas de consecuencias imprevistas también está hecho el mundo.
El viernes 30 de marzo fue uno de esos momentos. Aunque las implicaciones a mediano plazo están por analizarse, es seguro que la intervención de Luisa Ortega Díaz (Fiscal General de la República), ha replanteado las condiciones a partir de las cuales se piensa políticamente el país. Todo tenía un sentido específico para el momento en que debía rendir cuentas a la sociedad sobre el desempeño del Ministerio Público durante 2016. Aunque se trata de un actor que va a llevar adelante una intervención cuyas consecuencias no están claras ni para ella ni para nadie, sí existe una voluntad determinante de producir una diferencia. Desde el lugar donde se dirigió al país hasta sus primeras y últimas palabras, tuvieron una orientación que se relacionaba con el acontecimiento ocurrido unas horas antes.
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Pensar desde el naufragio: Luisa Ortega Díaz. Por Leonardo Bracamonte

Los instantes impensados con frecuencia tienen una capacidad de proyección histórica que sorprenden a los que asisten o incluso participan de ese acontecimiento. Nuestra ruidosa historia tiene varios ejemplos de quienes optaron en un momento dado y en circunstancias específicas, por producir una diferencia que en lo adelante desencadenaría sucesos que van a cambiar las reglas de un juego convencional. Pero más importante, es preciso reflexionar sobre estos episodios de incumbencia colectiva porque en momentos en que aquellos marcos aludidos arriba están en disolución y su resultado es históricamente incierto, tales acontecimientos toman proporciones aún más insospechadas. En todo caso, sin una buena porción de azar en las idas y venidas de la historia el cambio social no sería posible. Por tanto, de las acciones humanas de consecuencias imprevistas también está hecho el mundo.
El viernes 30 de marzo fue uno de esos momentos. Aunque las implicaciones a mediano plazo están por analizarse, es seguro que la intervención de Luisa Ortega Díaz (Fiscal General de la República), ha replanteado las condiciones a partir de las cuales se piensa políticamente el país. Todo tenía un sentido específico para el momento en que debía rendir cuentas a la sociedad sobre el desempeño del Ministerio Público durante 2016. Aunque se trata de un actor que va a llevar adelante una intervención cuyas consecuencias no están claras ni para ella ni para nadie, sí existe una voluntad determinante de producir una diferencia. Desde el lugar donde se dirigió al país hasta sus primeras y últimas palabras, tuvieron una orientación que se relacionaba con el acontecimiento ocurrido unas horas antes.
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Políticas de término erróneo o el fugaz triunfo de la conservación. Por Juan Manuel Zerpa

En política, ¿qué es un “error”? ¿Cómo se determina que una u otra decisión, de un líder o una dirección colectiva, es “errada”? La respuesta parece sencilla: es una cuestión de fines. Si un partido se propone hacer una revolución y sus acciones no contribuyen y hasta perjudican tal causa, entonces uno podría decir que esa organización está cometiendo “errores políticos”; incurriendo en lógicas que quizá mantienen por inercia el control aparente de ciertas instancias de poder, pero que en el mediano y largo plazo minan el propio camino trazado en planes, manifiestos y discursos. El elemento “opaco”, sustraído a la crítica, en este razonamiento tan familiar para las tradiciones de izquierda, es el contenido mismo del programa revolucionario.
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En política, ¿qué es un “error”? ¿Cómo se determina que una u otra decisión, de un líder o una dirección colectiva, es “errada”? La respuesta parece sencilla: es una cuestión de fines. Si un partido se propone hacer una revolución y sus acciones no contribuyen y hasta perjudican tal causa, entonces uno podría decir que esa organización está cometiendo “errores políticos”; incurriendo en lógicas que quizá mantienen por inercia el control aparente de ciertas instancias de poder, pero que en el mediano y largo plazo minan el propio camino trazado en planes, manifiestos y discursos. El elemento “opaco”, sustraído a la crítica, en este razonamiento tan familiar para las tradiciones de izquierda, es el contenido mismo del programa revolucionario.
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