Pensar lo venezolano: una lectura crítico-reflexiva de un horizonte en ciernes. 1- El Estado del disimulo de José Ignacio Cabrujas. Por Miguel Angel Contreras Natera

Portadaclimax
José Ignacio Cabrujas fotografiado por Vasco Szinetar. 

Por Miguel Angel Contreras Natera

La interrogante que transversaliza el debate sobre la existencia de una esencia de lo venezolano tiene un denominador común en el proceso de Conquista de América. Desde Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri y Enrique Bernardo Núñez pasando por Mario Briceño Iragorry, Francisco Herrera Luque y Carlos Rangel hasta llegar a José Ignacio Cabrujas, José Manuel Briceño Guerrero y Omar Astorga la persistencia histórica de una estructura de sentimientos fija los tonos, las pulsiones y las representaciones que han configurado las respuestas genéticas, culturales y filosóficas a la interrogante que nos convoca. En las penetrantes palabras de Karl Marx, “toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar” (Marx,1969:121-122). Pensar desde lo pensado de nuestra tradición literaria precisa simultáneamente desarrollar una mirada contrafáctica que apunte hacia lo impensado. La pregunta por el Ser Venezolano necesita deconstruir las bases ontológicas para establecer las determinaciones originarias de lo pensado en la tradición. En otras palabras, la deconstrucción de la tradición se ve enfrentada a la tarea hermenéutica de develar una problemática oculta por las capas sedimentadas de lo ya-pensado, lo ya-dicho, lo ya-interpretado. Principalmente, por la recurrencia a pensar a Venezuela como un espacio de la des-esperanza dentro de los trazos constitutivos de esta narrativa escatológica.

Pensar el horizonte que históricamente la tradición ha construido pasa por interrogar a los autores que consolidaron los presupuestos ontológicos de lo pensado. La pregunta que se hace el escritor José Ignacio Cabrujas cuando lo consulta la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado es sintomática de nuestro interrogar. ¿Es el Estado un esquema de disimulos? ¿Un truco legal que justifica apetencias, arbitrariedades y dominios caudillistas? Para él, la búsqueda del Mito del Dorado configuró las prácticas político-culturales de las formas urbanas e institucionales al instalarse como expresiones cotidianas el mientras tanto, el por si acaso y el más o menos. Para Cabrujas, “la historia nos habla de un país rico habitado por depredadores incapaces de otra nostalgia que no fuese el recuerdo de España. Se dice que nuestros indígenas eran tribus errantes que marchaban de un lugar a otro en busca de alimentos. Pero tan errantes como los indígenas fueron los españoles (…) Se instaló así un concepto de ciudad campamento magistralmente descrito por Francisco Herrera Luque en una de sus novelas” (Cabrujas,1987:3). El progreso simbolizado por la industria del petróleo transformó el campamento en un gran hotel donde apenas en cuanto ciudadanía (oxímoron) nos limitamos a utilizar el lugar. El Estado en permanente fracaso no logra garantizar el confort de los huéspedes en tanto es incapaz de desarrollar una fórmula capaz de administrar el Gran Hotel.

Un Estado necesita para su funcionamiento un conjunto de principios jurídicos que ordenen las formas de organizar la existencia (economía), la convivencia (sociedad) y el conflicto (política), entre otros tópicos fundamentales. Al obviar, el pragmatismo de esta ontología fundante, no logramos reflejar lo que somos y aspiramos con exactitud. Por eso, la pretensión típicamente moderna de fundar en principios elegantes, apolíneos y civilizados el debate sobre las constituciones nacionales. La disyunción entre vida y ley se manifiesta en los recursos retóricos que destinados a disimular el ejercicio del poder obliteran la intencionalidad del gobernante. La esencia, disimulada en los dispositivos institucionales, reaparece como tragedia en los actos protocolares que suplementan la vida política en Venezuela. Más allá de las ceremonias, el drama extremo de poder es socavado con frases “ponte el uniforme y mete la barriga o sigues siendo el hijo de Estelita con el chichero de la esquina” expresiones que engloban una actitud burlona frente al poder. Estas marcas verbales apuntan a un más allá inter-textual condenatorio que organiza las coincidencias históricas dentro de una narrativa nacional construyendo las bases del pesimismo cultural. El Estado venezolano, con su esplendor grandilocuente, es una aspiración mítica que no logra romper con su provisionalidad constitutiva. El progreso representado por la industria del petróleo logró consolidar un imaginario colonial de esperanzas en tanto la actitud de cavar hoyos y descubrir riquezas entrevió un cambio de actitud. Sólo eso. “La riqueza petrolera tuvo la fuerza de un mito” (Cabrujas,1987:11) que nos condujo hacia una alucinación fantástica. El déficit de densidad simbólica de la democracia y sus instituciones se manifiesta en la contingencia de la crisis del proyecto económico “y hemos comenzado a entender que ese proyecto económico del gobierno tiene que ver con el precio del solomo y de los pimentones cotidianos. Que un error del gobierno reduce las posibilidades del sueldo que gano” (Cabrujas,1987:13). La noción de progreso, surgida de acontecimientos gratuitos, encuentra en la crisis generalizada un síntoma de esa carga simbólica que nos constituye como país.

La figura de Simón Bolívar, inventada como mito insuperable por la Sociedad Bolivariana, pierde su capacidad normativa al despojarlo de su contradictoria humanidad. Por eso, José Ignacio Cabrujas de forma imperativa dice que Bolívar es un personaje víctima de sus admiradores. Para concluir afirmando la necesidad de des-moralizar la historia política de Venezuela para comprender la profundidad de sus aciertos, retos y desafíos. Inclusive, pasa por contextualizar el genio creador de la figura de Bolívar en tanto su “obra es la construcción de él mismo. Él es su obra. Terminada la acción donde este caraqueño se desempeña con impresionante y hasta neurótica tenacidad, Bolívar pierde el rumbo y se convierte en un hombre incómodo. Ha concebido un gran ideal, la unión de varios países en lo que él denomina La Gran Colombia (….) La idea de la Gran Colombia es francesa, es universalista, es europea, es, en una palabra, una idea de civilización” (Cabrujas,1987:15). En las admonitorias palabras de Simón Rodríguez que sirven de suplemento crítico hemos creado repúblicas sin republicanos. Antes al contrario, una historia de la virtud –al estilo de la Venezuela Heroica de Eduardo Blanco- se convierte en un suplemento normativo que destruye la grandeza de los grandes acontecimientos político-espirituales de nuestra historia. De allí, la sentencia interrogadora ¿Hasta cuándo vamos a dividir nuestros gobernantes en buenos y malos?

Las salidas a este inmanente escepticismo pasa por preguntarse sobre la im-posibilidad de una Reforma del Estado que precisa de instituciones, teorías y prácticas republicanas. Sobre todo, si consideramos la sempiterna actitud pavloviana de la oposición en Venezuela. “Oposición en Venezuela es decir lo contrario de lo que dice el gobierno (…) Nada hay en este mundo más previsible que un discurso de la oposición. Un discurso de la oposición es un cassette previamente grabado” (Cabrujas,1987:22). De allí, el desencanto de su interrogar reflexivo ¿Hasta cuándo le vamos a permitir a la oposición ese ritual canónico, inexorable, que le impide hacer verdadera política? El Estado como espacio de confrontación del reparto de la renta petrolera produce “deslumbrantes proyectos de desarrollo que engendran fantasías colectivas (…) como un brujo magnánimo” (Coronil,2002:5) que se apodera de las subjetividades nacionales. La deificación como alucinación fantasmática construye un Estado mágico. La extraordinaria semblanza teatral de Cabrujas se inscribe dentro de una estructura de sentimientos que construye el pesimismo cultural como un acto cultural de entrada y salida que marca la tradición de lo pensado. En todo caso, una cierta recurrencia epistemológica establece las coordenadas constitutivas del autor y su obra con la identidad cultural del país, construyendo un puente entre los procesos socio-históricos con su escritura. Autonomizando en ocasiones la materialidad de la existencia de la palabra que las nombra. El acto simbólico narrativo empieza por producir su condición de posibilidad, perpetuando la mitología de que no hay nada sino lo pensado, de que nunca hubo ninguna realidad antes que lo pensado las generara. “En el rastreo de las huellas de ese relato ininterrumpido, en la restauración en la superficie del texto de la realidad reprimida y enterrada de esa historia fundamental, es donde la doctrina de un inconsciente político encuentra su función y su necesidad” (Jameson,1989:17).  De allí, la importancia de una teoría de la lectura des-occidentalizada para comprender las tensiones, conflictos y dilemas de las experiencias narrativas en Venezuela. Una teoría otra que permita entrever la eficacia simbólica del conflicto político-espiritual en toda sus angustiantes manifestaciones.


BIBLIOGRAFÍA

Cabrujas, José Ignacio (1987) El Estado del disimulo en VV. AA Heterodoxias y Estado, No 5, Repuestas Estado y Reformas, Caracas

Coronil, Fernando (2002) El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela, CDCH-UCV y Nueva Sociedad, Caracas

Jameson, Fredric (1989) Documentos de cultura, documentos de barbarie. La narrativa como acto socialmente simbólico, Editorial Visor, Madrid

Marx, Karl (1969) El dieciocho Brumario de Luís Bonaparte en Obras Completas, Editorial Progreso, Moscú

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: