Bicentenario de Matasiete: La batalla que no cesa. Por Juan Antonio Hernández

Francisco_Esteban_Gómez_

Retrato de Francisco Esteban Gómez.

(A mi padre Rafael Hernández Salinas)

El pasado que nos interesa a los venezolanos no es el ordenado o clasificado por los museos, el congelado en el bronce de estatuas o placas conmemorativas, tampoco es el domesticado por los calendarios o aquel que, en definitiva, es administrado por las distintas tecnologías que, en nuestro tiempo, regulan la relación entre memoria y olvido. El pasado que nos interesa es aquel que está cargado de una suerte de memoria profética, de una potencia liberadora que, como un incendio secreto, permanece a través de los siglos hasta alcanzarnos en nuestro presente. El pasado que nos interesa es aquel que se encuentra habitado por las promesas de libertad e igualdad por las que combatieron y murieron nuestros antecesores sobre el suelo patrio. Se trata, en síntesis, de un pasado indómito, un pasado hecho de batallas que no cesan.

La batalla de Matasiete es uno de esos momentos de nuestro pasado y por eso hoy, en su bicentenario, nos corresponde evocarlo. Se trata, nada menos, que de la primera derrota significativa de la mayor expedición militar enviada por el imperio español a tierras americanas, bajo el mando del General Pablo Morillo, héroe de la guerra contra Napoleón Bonaparte. Este hecho, insólito para la arrogancia imperial, se produjo el 31 de julio de 1817, en los alrededores de La Asunción, en la isla de Margarita, ya para entonces capital del Estado de Nueva Esparta.

Recordemos que dicha expedición española llega a Carúpano, en abril de 1815, integrada por 68 buques y con unos 15 mil hombres al mando del “Pacificador” Pablo Morillo. De allí parte, rápidamente, para consolidar la destrucción de la II República venezolana, con la conquista del último bastión independentista: la isla de Margarita cuya rendición es negociada por Arismendi ante el poderío militar abrumador del enemigo. Creyendo haber consolidado el control de la isla, regresa al continente, tras dejar en Margarita parte de sus fuerzas, viajando, siempre a la cabeza de su ejército expedicionario, a la Nueva Granada a la que somete tras la toma de Cartagena en diciembre de 1815.

Ante las noticias que, a principios de 1817, le hablan del crecimiento de la insurgencia patriota en Venezuela, Morillo regresa con sus fuerzas a nuestro territorio y es por eso que, a mediados de julio de ese mismo año, sale desde Cumaná con el propósito de rendir, una vez más al “faro de la insurrección”, la isla de Margarita, que esta vez está bajo mando de Francisco Esteban Gómez ya que Arismendi se encontraba con Bolívar en la Campaña de Angostura.

El jefe realista, tras desembarcar en el Guamache, lanza varias proclamas en las que amenaza con el exterminio de los habitantes de la isla de no someterse estos al dominio español. A esto responden los patriotas con sus propias proclamas las cuales se encuentran entre los documentos más hermosos y conmovedores de nuestra historia. Se suceden las acciones de defensa de la isla hasta que llega el momento decisivo al intentar Morillo la conquista de la capital de Margarita en la mañana del 31 de julio de 1817. Restrepo, en su “Historia de la Revolución de la República de Colombia” (1827), describe la acción de este modo:

“A las ocho y media de la mañana se dio principio a aquella sangrienta pelea que se terminó a las cuatro de la tarde: ella fue gloriosa para los habitantes de Margarita, que hicieron célebre el nombre de Matasiete donde fuera lo más crudo del combate. De una y otra parte se peleó con mucho valor; pero conociendo los patriotas el terreno a palmo, obtuvieron grandes ventajas con sólo 300 hombres de infantería y algunos pocos de caballería; sobre todo la división de Canterac sufrió en extremo…”.

Se trató, nada más y nada menos, que de las Termopilas de la lucha por la emancipación americana. Por esa misma razón la gloria de los combatientes de Matasiete no deja de interpelarnos. Nos habla directamente, cara a cara, a nosotros los venezolanos de hoy. Nos exige que demos testimonio de un modo virtuoso de ser venezolanos que se gestó a través de batallas que eran consideradas (desde el punto de vista del “sentido común” de hace dos siglos) como imposibles de ganar.

Al acercarnos a acciones como la de la batalla de Matasiete, resulta necesario que busquemos una perspectiva que desfamiliarice nuestro pasado. La excesiva “familiaridad” con el pasado de la gesta independentista, el creer que lo conocemos “tal y como verdaderamente fue”, es una de las formas de neutralizarlo o domesticarlo. Recuperar la radicalidad de lo que ocurrió, su carácter anómalo, su radical extrañeza, resulta esencial para toda mirada que intente agitar el sedimento emancipatorio depositado en los hechos de la lucha por la independencia de Venezuela.

Hay quien sostiene que el pasado histórico es impredecible. Yo diría que el nuestro es, esencialmente, incalculable. Nadie puede establecer, de antemano, su potencial de irrupción sobre el presente y el futuro de nuestra patria. Al hablar de la victoria patriota de Matasiete (y, en general, de la historia de nuestra independencia) podemos decir que no podemos calcular, de antemano, la potencia emancipatoria del pasado cuando lo articulamos con las luchas del presente.

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