Tarde de perros. Por Miguel Ángel Contreras Natera

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Tarde de perros (Sidney Lumet), 1975, escena. 

Por Miguel Ángel Contreras Natera

La fabulación de Sonny (Al Pacino) de conseguir dinero para que su pareja León (Chris Sarandon) se hiciera una operación de cambio de sexo lo lleva a planificar un atraco en un banco de Nueva York. La fábula del atraco lo lleva a convocar a un amigo Salvatore (John Cazale) para la realización del acto. La distancia entre el acto (atraco) y la promesa (cambio de sexo) crece en la medida en que fracasa estrepitosamente el atraco al banco. El fracaso lleva a Sonny a convertirse rápidamente en una estrella local en la medida que los medios de comunicación, la policía y la multitud que se agolpa en las afueras del banco glorifica su acto. La teatralización de la impotencia que lo lleva a exceder los objetivos de la operación va progresivamente construyendo la centralidad de su figura. Sonny negocia con la policía. Se convierte en un héroe local. Al establecer una relación afectiva con los rehenes (Efecto de Estocolmo), con la multitud y con la policía lo autonomiza de Salvatore. Pero, también, del acto (el atraco) profundizando la distancia con la promesa. Este teatro de operaciones visibiliza la homosexualidad de Sonny. Aunque incluye la negación de Salvatore.

En Tarde de Perros (Dog day afternoon, 1975) la negociación pública es salvaguardar la vida de Sonny por su obvia simpatía. Su capacidad teatralizada de reunir en su persona los dramas individuales, colectivos y sociales de la multitud en correspondencia con la prensa amarillista lo autonomizan del acto fallido. Y la negociación de Sonny con la policía es salvar su vida. Inclusive, a costa de la vida de Salvatore. En este drama ético, Salvatore es el único inocente en tanto acompaña a Sonny a un acto que tiene como único beneficiario a su amigo delincuente. ¿Qué lleva a la policía a salvaguardar a uno y no a otro? ¿Por qué se planifica el homicidio de Salvatore en estricta complacencia con Sonny? El amarillismo mediático impide una solución negociada de ganar ganar en tanto la espectacularización liberal condena y conjura simultáneamente. Condena a la muerte a uno (Salvatore) en la medida que conjura la responsabilidad de otro (Sonny). Los medios son la expresión fenoménica de los actos o por el contrario vectores de intereses corporativos que plantean salidas a unos y no a otros. El juego de sombras que oscurece el fracaso del acto lo va rodeando de una pesada nube que privatiza la negociación en la medida en que la verdad queda encriptada como una mentira noble.

La interrogante ético-política que atraviesa la interpretación de esta escenificación es la necesidad democrática de plantear salidas que favorezcan la preservación de la vida. Pero, sobre todo, la preservación de la vida social, política y cultural de un colectivo humano que llamamos Venezuela. En términos taxativos poder mirarnos al rostro sin que ello implique la destrucción existencial del otro distinto a mí. La escenificación público-democrática no puede favorecer las miradas singulares (privatizadas, de clase, entre otras) que soslayan su responsabilidad con un valor tan edificante como la soberanía. La des-institucionalización es una responsabilidad compartida del gobierno y la oposición que socava la posibilidad autárquica de trazados vitales para generaciones de personas que pueden/deben contribuir a innovaciones sociales como las construidas a principios de siglo. La posibilidad de edificar caminos que tengan como horizonte la progresividad de los derechos como ha sido planteado en nuestra Constitución, y que recoge bellamente Gustavo Pereira en el prólogo de la misma, no pueden estar sujetos  a visiones privatizadas-corporativas.  No es el hobbesiano miedo a la muerte violenta lo que anima la reflexión. Es, principalmente, la posibilidad de construir un terreno común que impida un conflicto bélico que favorezca a extremos des-ideologizados que en su ecuación lineal tienen como propósitos la destrucción mutua garantizada. La muerte no es un dato estadístico. Es la destrucción de vidas, familias y colectividades. La negociación del presente/futuro pasa por romper con las entelequias que impiden pensar los enormes desafíos que confrontamos. La vida social está sujeta a procesos de desocialización, desinstitucionalización y fragmentación con discursos auto-referenciales que construyen sus criterios de verdad de forma circular. Esta facticidad no es reversible por decretos. Por el contrario, tiende a convertirse en campo fértil para la guerra, la destrucción y la disolución de la vida. En un ambiente de fraccionamiento, competencia e incertidumbre la negociación es un camino razonable para impedir el día después de la guerra.

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