Tempestad de gloria: Antonio Diaz y el bicentenario de Papagayos. Por Juan Antonio Hernández

Por Juan Antonio Hernández

Para el Almirante Víctor Prieto

En su prólogo a “Venezuela heroica” José Martí se refiere a la historia de Venezuela como una “tempestad de gloria” y esta hermosa metáfora, plena de justicia, deja de ser imagen poética y deviene en una descripción precisa cuando la aplicamos a uno de los hechos de armas más decisivos de nuestra historia (y por tanto de la historia de Nuestra América) la batalla fluvial de Pagayos, librada por el Capitán de Navío margariteño Antonio Díaz, en el delta del Orinoco, hace hoy doscientos años. Después de Pagayos quedaría el Orinoco en manos de las fuerzas de Bolívar estableciéndose, de ese modo, toda una línea de comunicación y aprovisionamiento, de incalculable valor estratégico, para el ejército patriota con el Caribe.

¿Quién fue Antonio Díaz y cómo se produjo su milagrosa victoria en Pagayos?, responder a estas preguntas es el propósito fundamental de las páginas que siguen, animadas, por otra parte, por la idea de que rememorar el bicentenario de esta acción, librada el 8 de julio de 1817, adquiere una especial relevancia en este presente nuestro asediado por los enemigos de la Patria. Cuando el pasado es iluminado por un instante de peligro adquiere, necesariamente, una potencia profética y liberadora que vivifica las luchas del presente.

Antonio Díaz nació en San Juan Bautista, isla de Margarita, el 13 de junio de 1780 y murió, de causas naturales, en Barrancas del Orinoco, en 1826. Prácticamente nada se sabe de su niñez y juventud. Uno de sus escasos biógrafos, Francisco Vargas, especula con gran razón:“…siendo su tierra nativa frecuentada por corsarios y piratas no es de extrañar que los cuentos y leyendas de las grandes proezas navales, al llegar a sus oídos, formando acopio luminoso en su novel imaginación, despertaran su vocación por la heroica carrera del marino…” (Vargas, 325)

Lo que sí sabemos, con certeza, es que se adhirió a la causa independentista, siendo ya un experto marino, el 4 de mayo de 1810. En 1811, bajo la Primera República, destaca como oficial de las “fuerzas sutiles” (nombre dado, para la época, a las fuerzas navales) y en 1815, ante la inminente llegada a Margarita de la inmensa flota de la expedición liderada por Morillo (la mayor jamás enviada por España a América) Díaz destaca, una vez más, con la que quizá sea la acción de mayor audacia que se produjo en esa difícil coyuntura. Recordemos que ya la Segunda República había sido completamente derrotada y toda Tierra Firme estaba en manos de los españoles. Así lo cuenta Briceño, yerno de Arismendi, en su clásica “Historia de Margarita” (1885):

“Entre las fuerzas sutiles que el Gobierno de Margarita tuvo a su servicio, se distinguía la Flechera El Rosario, tripulada por cincuenta hombres y guarnecida por un cañón pequeño. La mandaba el oficial Antonio Díaz quien después adquirió por sus hazañas en el mar, gloria y renombre. Uno de los buques de transporte de la escuadra de Morillo, el Bergantín “Guatemala”, alejóse del convoy y tropezó con la Flechera mencionada (…) Díaz, sin reparar en la superioridad del enemigo y contando únicamente con su valor y el de sus diestros marinos, reconoció el buque sospechoso y en embestida de abordaje lo apresó no sin resistencia. El “Guatemala” de catorce cañones, llevaba a bordo cinco oficiales y noventa y seis zapadores: todos cayeron prisioneros…” (Briceño, 68).

Los prisioneros y el buque serían devueltos a Morillo, como parte de las negociaciones que emprendió Arismendi para rendir la isla, una vez que los patriotas reconocieron la imposibilidad de resistir. Pero podemos considerar la captura del “Guatemala” como un anticipo de lo que Antonio Díaz haría, posteriormente, en Pagayos.

Ya en 1816 destaca, nuevamente, como Capitán de Navío, en múltiples acciones en la costa oriental de Venezuela, operando como “corsario” de la República en armas con la captura de varias embarcaciones españolas. Llegamos, finalmente, a Julio de 1817. Bolívar ordena a Brión movilizar la flota desde la isla de Margarita al Orinoco para reforzar las operaciones en toda la zona dirigidas desde Angostura. El inmenso rio es una de las “llaves” de Venezuela y, por extensión de América del Sur, recordando que “llave”, en la terminología militar de la época, indicaba un punto vulnerable y decisivo dentro de un territorio en disputa.

Antonio Díaz y su hermano Fernando (otro destacado marino) van a la vanguardia de la expedición. Brión le ordena a Fernando adelantarse al convoy para hacer una exploración, al mando de tres flecheras, por el caño Macareo del Orinoco. Es por ello que, al desplazarse a cumplir su misión, el 7 de julio de 1817 se encuentra con las “Fuerzas sutiles” españolas del Apostadero de la Antigua Guayana. Se trata de once embarcaciones realistas de mayor porte y mucho mejor armadas. A pesar de eso Fernando Díaz y sus marinos deciden hacerles frente y, finalmente, dada la superioridad enemiga, resulta derrotado y pasado a cuchillo junto a la mayoría de sus hombres. Sólo unos pocos logran escapar de la masacre en una curiara. Son estos, precisamente, los que en su viaje de regreso, buscando hacer contacto con la flota patriota, se encuentran con el Capitán Antonio Díaz.

Le dan la noticia de la derrota y muerte de su hermano, le cuentan la brutal masacre cometida por las fuerzas realistas. E inmediatamente Díaz ordena a sus tres flecheras salir en búsqueda del enemigo al cual encuentran al día siguiente, el 8 de julio de 1817, en las cercanías de la isla de Pagayos. La triada de embarcaciones patriotas se ve rápidamente cercada por las once naves españolas, reforzadas, además, con las flecheras arrebatadas a Fernando. Las fuerzas de Díaz arremeten con una furia terrible, asaltan al abordaje las naves que consideran más vulnerables, fusilan, degüellan y acuchillan sin piedad a cada marino realista que encuentran a su paso, la batalla avanza hasta convertirse en una auténtica carnicería.

De pronto el comandante español advierte que la situación se le ha vuelto completamente desfavorable. Diaz, de acuerdo con la narración de Larrazábal, lamenta a gritos la muerte de su hermano y promete a los españoles su exterminio total. Aterrorizados los sobrevivientes de las fuerzas del Rey huyen despavoridos hacia Guayana la Vieja, buscando el amparo de los cañones de sus fortalezas. La derrota de las fuerzas españolas habría sido total de no haber quedado severamente averiados buena parte de los buques patriotas y gravemente heridos muchos de los tripulantes del furioso Capitán margariteño. España perdía de ese modo y para siempre el control de las aguas del Orinoco. La inmensa relevancia del control de Guayana para la victoria definitiva de las armas republicanas es por todos reconocida.

Esta es, a muy grandes rasgos, la batalla de Pagayos, esa muy literal “tempestad de gloria” que fue el producto del valor y de la audacia increíbles de Antonio Díaz y sus pocos marinos. Algunos de sus tripulantes heridos serían enviados a Margarita y allí morirían, poco después, en la espantosa masacre ejecutada por Morillo en Juangriego tratando de desahogar la amargura que le produjo otra derrota a manos de los patriotas: la de Matasiete.

Hay, por cierto, una descripción de Antonio Díaz que, hasta donde sabemos, no ha sido citada por la historiografía nacional. Se encuentra en la obra, profundamente hostil a los independistas venezolanos y a Bolívar, del coronel británico Gustavus Hippisley, un mercenario contratado por López Méndez en Londres, autor de “A Narrative of the Expedition to the Rivers Orinoco and Apure in South America” (1819). El libro de Hippisley es, por cierto, una de las fuentes del desafortunado artículo de Karl Marx sobre Bolívar de 1858.

Luego de narrar, extensamente, diversas peripecias de su fracasada actuación en las zonas del Apure y del Orinoco, Hippisley comenta:“(Antonio Díaz) …es un tipo pequeño y fuerte, de aproximadamente un metro sesenta y cinco centímetros de estatura. De complexión fuerte, como he dicho, y un poco gordo. Cuando se encuentra borracho muestra buen humor y si no se encuentra molesto puede ser vulgarmente hablador, rudo y prepotente. Si se encuentra encolerizado inmediatamente despliega lo que por naturaleza es: un salvaje inhumano sediento de sangre quien podría, con placer, devorar al ser humano que haya sacrificado a su odio o venganza. Se jacta de la gran cantidad de gente que ha masacrado a sangre fría y relata, sin horror, cómo se ha alimentado de carne humana. Ha mostrado un grado de coraje feroz y de habilidades profesionales que han sido particularmente útiles a la causa de la independencia en más de una ocasión. Yo estuve dos veces con él y en la segunda ocasión dormí con la pistola contra mi pecho para protegerme de cualquier ataque brutal que este señor pudiera haberse visto tentado a cometer. Reconozco que me sentí feliz cuando me vi liberado de su compañía, que nunca volví a buscar ni deseo encontrármelo en una tercera ocasión…” (Hippisley, 1819, 342, 343)

Estamos, sin duda, ante una descripción cargada de la típica prepotencia colonialista y racista propia de un militar de la corona británica de la época. Una descripción que pudiéramos calificar de “calibanesca” por sus referencias al supuesto canibalismo y “barbarie” de Díaz, pero que bien pudiéramos invertir, como en un espejo, si recordamos que Calibán es un personaje de Shakespeare que cierta tradición del pensamiento caribeño ha resignificado como símbolo de resistencia anticolonial. El miedo inspirado por Díaz al oficial británico y admitido, sin pudor, por este, nos habla, por contraste, del extraordinario carácter del marino margariteño, de su feroz rechazo a la arrogancia de los europeos y todo ello coincide, plenamente, con lo que sabemos de su absoluta entrega a la lucha por la independencia de Venezuela.

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