El retorno de la Fruit Company. Por Miguel Ángel Contreras Natera

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Diego Rivera, Gloriosa victoria, 1954.

El Golpe de Estado a Dilma Rousseff tiene entre sus primeras implicaciones la cooperación colonial entre el Banco Central Brasileño con Wall Street y Washington. Y se alinea con la política de reconfiguración estratégica del poder estadounidense en la región posterior al fracaso del ALCA en la Cumbre de Mar de Plata en 2005. En esta dirección, el reflotamiento de la política de la buena vecindad del Mediterráneo Americano –un apartado de la Doctrina Monroe- persigue reconstruir un entorno favorable a los intereses estadounidenses. De modo tópico, la estrategia de recolonización continental del Tratado del Pacífico Norte tiene entre sus objetivos medulares la promoción del ideario neoliberal y la difusión de la ideología de la seguridad global. Libertad y seguridad se enmascaran para desarrollar los intereses corporativos de los Estados Unidos en la región. Indudablemente, el Tratado del Pacífico Norte se inscribe en el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica que persigue establecer una cartografía precisa de los intereses estadounidenses en la forma de bases económicas principales, lugares de localización avanzada y localizaciones de seguridad cooperativa. Cuestión que define la confrontación global en el plano militar, económico y político de los Estados Unidos contra sus competidores: Rusia, China y las economías emergentes.

Precisamente el relativismo absolutista del liberalismo sirvió de suplemento para convertir al Brasil en una república del pasado colonial de la región. Basados en presupuestos procedimentales en contraposición a una concepción democrática sustantiva se inicia el juicio político a Dilma. No habría que olvidar que el parlamentarismo liberal como forma de Estado se fundamenta en la representación plural de la totalidad de la sociedad. Disfrazando el interés particular de las clases dominantes como interés general. Obviamente, la deliberación parlamentaria sería una transacción de intereses corporativos de cálculo y ganancia más que una discusión racional sobre horizontes sustantivos de la acción política. Principalmente, en cuanto la representación por delegación supone que el representante encarna a los representados homogeneizando su voluntad política en tanto expresa una voluntad que sólo se hace presente por obra del representante mismo. Dos niveles políticos se mezclan en este punto.

Por un lado, la mecánica liberal del equilibrio de poderes donde la facultad contralora del parlamento se convierte en un dispositivo tecno-económico de juicio político contra el gobierno de Dilma. Y sobre todo, de desmantelamiento político y social del proceso de desmercantilización que se había iniciado con el gobierno de Lula con su tímida ruptura con la economía política del neoliberalismo. Por el otro lado, la fusión selectiva entre dos tipos de procesos electorales que supone la comparación entre una elección universal (Dilma es elegida con 54 millones de persona en el balotaje) y una elección de representantes (senadores y diputados) sujetos a una particular circunscripción electoral. La dinámica comparativa implica que lo universal de la elección presidencial está sujeto al cálculo de intereses y ganancias del parlamento expulsando los principios democráticos y la voluntad popular expresada en la elección de Dilma. Es decir, disfrazar el crimen contra la democracia en una fraseología liberal-procedimental como ha pretendido el Canciller brasileño José Serra. Para este último, la destitución fue inevitable y justificada. Ocultar el crimen supone criminalizar las críticas y las protestas contra el gobierno de facto del capital transnacional.

El Golpe de Estado Parlamentario en Brasil fue posible con la anuencia cómplice del Poder Judicial. Y aquí nos confrontamos simultáneamente con los límites de la representación política en la región. Pero, también, con la arquitectura colonial-moderna de nuestras sociedades. En las admonitorias palabras de Alain Badiou referidas a la institución parlamentaria,

“El hecho de que, en efecto, el destino de millones de personas dependa de los cálculos de tales bandidos es hoy tan obvio, tan visible, que la aceptación de esta realidad, como dicen los plumíferos de los bandidos, es cada día más asombrosa (…) Por lo tanto, queridos electores, habéis instalado en el poder a gente que tiembla por las noches, como colegiales, al saber que por la mañanita los representantes del mercado, es decir los especuladores y parásitos del mundo de la propiedad y del patrimonio, les pueden haber puesto un AAB, en lugar de una AAA (….) Por no hablar de que su angustioso sollozo se pagará con el cumplimiento de las órdenes de la mafia que siempre consisten en algo como Privaticen todo. Supriman la ayuda a los débiles, a los solitarios, a los enfermos, a los parados” ( 1).

La restauración conservadora que nos retrotrae a 1850 pretende enmascarar los intereses del capital en un parlamentarismo de fachada que fortalece las nuevas formas de intervención imperial. El famoso corolario Onley sobre la soberanía irrestricta y sin límites de los Estados Unidos es restituido en Brasil al subordinarse las elites económicas nacionales a los designios de Washington. La UNASUR, como espacio político y de defensa de la integración regional, permanece en silencio absoluto frente al Golpe de Estado parlamentario. Convirtiendo la sobreexposición (Venezuela) y el silencio (Brasil) en una estrategia de visibilidad selectiva. La discrecionalidad política-discursiva de las instituciones multilaterales forma parte del guión procedimental de intervención imperial. La prensa reproduce el estado de ánimo del capital al mismo tiempo que establece una cartografía de la intervención regional. Las piezas de una opereta se despliegan al unísono del presupuesto procedimental de intervención. Los parlamentos se convierten en los nuevos depositarios de la fe del capital.

Entre otros tópicos, la restauración supone un retorno del racismo liberal en sus versiones moderadas y radicales para enterrar la posibilidad contra-hegemónica y de resistencia de pensar-accionar un horizonte emancipatorio. El retorno de la fraseología antipopular decimonónica asombra por su cinismo y desvergüenza. En las claves críticas de Alain Badiou, “cualquiera que trabaje para la perpetuación del mundo que hoy nos rodea, aunque fuera bajo el nombre de filosofía, es un adversario, y debe ser conceptuado como tal” ( 2). Por lo tanto, la tarea central de la teoría crítica es usar su potencia desestabilizadora para coadyuvar la emergencia crítica de los movimientos sociales y populares. La acción política inscrita dentro de una guerra interpretativa es en sí misma una lucha prolongada de lo verdadero frente a lo falso. La verdad existe en un proceso activo. Retomar las energías políticas transgresivas que se iniciaron a principios de siglo es una de las tareas acuciantes del pensamiento crítico.


Notas

(1) Badiou, Alain (2012) El despertar de la historia, Editorial Clave Intelectual, Buenos Aires, pp. 24-25.

(2) Citado por Contreras Natera, Miguel Ángel (2015) La comunidad de iguales, lo impensado y lo no-dicho. Sobre el cuerpo escindido y la imposible sutura en Duno-Gottberg, Luis (comp) La política encarnada. Biopolítica y cultura en la Venezuela Bolivariana, Editorial Equinoccio, pp. 385

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