¿Teoría de historia económica en lugar de una teoría económica? Por Immanuel Wallerstein

Thomas Phillips, Portrait of David Ricardo, 1821.

Thomas Phillips, Portrait of David Ricardo, 1821.

En el año 1991 es publicado por primera vez Unthinking Social Science (traducido al español siete años después como Impensar las Ciencias Sociales. Los límites de los paradigmas decimonónicos, Siglo XXI editores en coedición con el CIICH de la UNAM), del sociólogo norteamericano Inmanuel Wallerstein. Utilizando las herramientas de la sociología histórico-comparativa, y recurriendo a las obras de Karl Marx y Fernand Braudel (entre otras), el autor se propuso superar las aporías epistemológicas de los últimos dos siglos, especialmente la compartimentación que supone como escenarios escindidos a lo económico, lo político y lo social. Wallerstein se sirve del neologismo “impensar” para convocarnos a una práctica intelectual que no sea ya el replanteo “normal” que exigen los nuevos contextos sino “el esfuerzo por arrancar la maleza de un bosque muy denso, bien definido desde el punto de vista organizativo, que obstaculiza nuestra visión”.

Entre esta “maleza” que organiza las Ciencias Sociales contemporáneas se inscribe el proceso de deshistorización de los estudios económicos y la propensión hacia modelos econométricos sin validez real; tal es tópico del subtexto que reproducimos a continuación. Titulado “¿Teoría de historia económica en lugar de una teoría económica?”, Wallerstein esboza seis prácticas metodológicas que a su juicio nos ayudarían a desarrollar teorizaciones histórico-económicas holísticas y fundadas dentro de una realidad en constante cambio, y mediante las cuales la economía puede salir del anquilosamiento en donde la ha situado la repartición epistemológica liberal ocurrida en el siglo XIX, permitiéndonos así involucrarla en las interpretaciones de los cada vez más complejos procesos sociales. Todo esto con la intensión de tomar sus aportes para entender el rumbo del sistema histórico capitalista y atraer en lo posible a la ciencia económica hacia la sociedad alejándolas del omnímodo mercado.

*******

Por Immanuel Wallerstein

La historia económica es una obra de moralidad sobre un enorme lienzo. Ahí lucharon nada menos que el bien y el mal a lo largo de las épocas. El bien, aunque a menudo fue noqueado, regresó por más.

E. L. Jones

Growth Recurring

Es bien sabido que los historiadores económicos a veces se ubican de manera organizativa en los departamentos de economía y, otras tantas, en los departamentos de historia. También se sabe que algunos (hoy tal vez muchos) departamentos de economía no desean dar cabida a los historiadores económicos y que algunos departamentos de historia piensan de la misma manera (aunque esta opinión es menos frecuente que el caso de los departamentos de economía). De vez en cuando “historia económica” es el nombre de un departamento en alguna universidad autónoma. Por último, hay quienes trabajan en lo que la mayoría de la gente considera como historia económica y se encuentran en departamentos que incluso tienen otros nombres (antropología, geografía, sociología). Este último grupo es pequeño, pero tal vez está creciendo en número.

Todo lo anterior refleja el estado ligeramente anómalo de la historia económica dentro del sistema universitario actual. Es como si la historia económica fuera una hijastra no deseada, una Cenicienta en harapos. Mi impresión es que muchos historiadores económicos responden con cierta timidez acerca de su tema, y buscan justificar sus méritos ante ancianos algo indecisos. Los historiadores económicos se preocupan, en particular, por obtener el reconocimiento de los economistas. Los economistas parecen personas serias y responsables y, por supuesto, ésta es la imagen que tienen de sí mismos.

Los economistas tendieron, en forma específica en el período posterior a 1945, a menospreciar la historia económica por ser empírica, descriptiva, ateórica e intrascendente. Los historiadores económicos respondieron de dos maneras importantes a dicho desprecio apenas disimulado. La respuesta nomotética fue la autoflagelación: los economistas tienen la razón. Gran parte del trabajo de los historiadores económicos ha sido ateórico. Debemos enmendar nuestra senda, participar en la creación de modelos rigurosos y en la comprobación de hipótesis (de preferencia mediante el uso de la econometría), y mostrar que también podemos contribuir al avance de la ciencia económica ortodoxa. La respuesta idiográfica consistió en señalar la riqueza de detalles y la complejidad de la explicación que puede ofrecer un enfoque más narrativo, cuánto falta en los modelos econométricos, cuán necesario es el análisis de la textura, e insistir en que un análisis narrativo representa una empresa digna.

Tengo la impresión de que la corriente dominante de economistas no prestó ni siquiera una mínima atención a estas respuestas. No sólo se ignoró a los historiadores económicos “antiguos” sino también a los historiadores económicos “nuevos”. La armadura protectora de los miembros que componen lo que es un gremio intelectualmente cerrado no se ha abollado de manera significativa. Los economistas todavía actúan como si la historia económica fuera, en el mejor de los casos, una locura excéntrica y, en el peor de los casos, una desviación grave del uso inteligente de los escasos recursos académicos. La mayoría de ellos desea despojar al mundo de la historia económica. En una evaluación reciente de las “necesidades de información” de los científicos sociales estadounidenses, se señaló de los economistas que “la mayoría necesita información de una época reciente, no anterior a diez años, y otros necesitan información casi de último momento” (C. C. Gould y M. Handler, Information Needs en the Social Sciences: An Assessment, 1978, p. 7).

Desde luego, ¡el emperador no trae ropa! ¿Qué podemos descubrir de importancia si sólo contamos con información de los últimos diez años de existencia humana? ¡Muy poco! En lugar de defendernos contra el despojo académico de los economistas, los historiadores económicos deben reclamar su derecho a reemplazar a los economistas por los economistas. ¡Fuera la economía! ¡Fuera la cláusula ceteris paribus! La historia es teoría; o más bien, la única teoría económica que puede ser válida es la teoría de la historia económica.

Comencemos con las dos premisas obvias que plantean los dilemas metodológicos centrales de toda ciencia. En la medida que analicemos el mundo real, estamos obligados a abstraer esa realidad mediante el uso de lenguaje conceptual. Por definición un concepto es una afirmación. Si utilizamos el concepto de “campesino” o “condiciones del comercio” o “inflación” estamos afirmando que existe un conjunto de differentia specifica que se puede resumir por el término y, por lo tanto, permanecer en una relación interna estable. Si cada vez que utilizamos el concepto le damos una definición diferente, no habrá ninguna comunicación.

Sin embargo también sabemos que todo cambia. Un concepto siempre es relativo, lo cual implica que no tiene ningún significado a menos que se analice dentro de su contexto integral, y el contexto integral es, por supuesto, una confusión eterna y veloz. En una época en que hasta los físicos (re)descubrieron la posición central de la “flecha del tiempo” para el análisis de los fenómenos físicos (e incluso de fenómenos que se supone que no cambian, como los átomos), no corresponde a los científicos sociales rechazar esta realidad. Si algunos economistas persisten en comportarse como avestruces, basta con que se descarten por su postura anticientífica y por sus cuentos increíbles del país de las hadas.

El problema metodológico grave es que resulta muy difícil, tal vez imposible, afirmar de manera simultánea la continuidad de las estructuras y la permanencia del cambio estructural, pero no tenemos otra opción. Por consiguiente, no podremos llegar muy lejos en nuestro esfuerzo colectivo si no hacemos de este dilema nuestro problema central y si no tratamos de concebir prácticas que minimicen el daño y maximicen la validez heurística de nuestros descubrimientos y, en consecuencia, de nuestra teorización. Por ello me gustaría esbozar seis prácticas que me parece son la base metodológica para elaborar una teoría de historia económica.

  1. Especificar y justificar la unidad de análisis

En la mayoría de los escritos actuales, la unidad de análisis se encuentra por lo general sólo implícita; no se especifica y casi nunca se justifica. Por eso se convierte en un supuesto a priori muy cuestionable. Toda actividad humana ocurre dentro de un todo contextual que prefiero denominar “sistema histórico”, para dar énfasis a la doble realidad de los todos contextuales: son sistémicos (es decir, tiene estructuras continuas en una relación que se pueden analizar las unas con respecto a las otras) e históricos (es decir, tienen vidas naturales, comienzos y finales).

En este punto no recurriré a criterios particulares a través de los cuales definir una unidad de análisis apropiada, aunque sí tengo firmes opiniones al respecto. Pero estos criterios son materia de debate y sin duda resulta saludable desde el punto de vista intelectual que se sometan a continuo debate. La petición que hago es que más bien estas premisas se hagan en forma explícitas y que se defiendan abiertamente.

Una vez identificada la unidad de análisis, ésta debe tener líneas divisorias por definición. En la medida en que el debate endógeno-exógeno sobre los factores causales tiene cierta importancia, ésta sólo prevalece frente a los límites del sistema histórico en general y no los del objeto particular de investigación de un estudio específico. El famoso debate Dobb-Sweezy sobre la transición del feudalismo al capitalismo está muy viciado debido a que no se ha prestado atención a la unidad de análisis y, en consecuencia, a sus límites, y por esta razón sus posturas al respecto son internamente incongruentes.

Además es obvio que una vez que pensamos en los límites de un sistema histórico, éstos pueden cambiar –y por lo general cambian- con el paso del tiempo, por lo que el denominador de cualquier medida que uno realiza necesariamente debe variar de acuerdo con las cifras pertinentes a un grupo dado de límites en un momento histórico determinado. Por supuesto es más fácil decirlo que hacerlo, pero es esencial si deseamos sacar conclusiones que tengan un valor mínimo.

  1. Distinguir entre ciclos y tendencias

Esto parece obvio, pero casi nunca se hace de manera explícita. Por supuesto se debe comenzar con una conciencia braudeliana sobre la multiplicidad de tiempos sociales. Si el tiempo es simplemente cronometría más cronología, entonces todos los fenómenos son lineales. Pero si en efecto organizáramos el mundo de acuerdo con múltiples tiempos sociales, entonces sería posible distinguir patrones más complejos.

 De nuevo regresamos a nuestro dilema fundamental: cómo relacionar conceptos inmutables con una realidad que es eternamente cambiante. En cuanto al tiempo social, éste es la distinción entre los ritmos cíclicos (o coyunturales) y las tendencias seculares (fenómenos causados por las estructuras, los cuales garantizan que éstas no puedan ser inmovibles en el largo plazo).

Los historiadores económicos tienden a ser más sensibles que la mayoría de quienes estudian el fenómeno de la coyuntura. Por supuesto que a menudo se quejan de la datación empírica de todas y cada una de las coyunturas específicas. Algunas veces también analizan las fuentes de cambio cíclico de manera demasiado local y pierden los patrones del todo más amplio (lo cual nos lleva al asunto de la unidad de análisis), pero por lo menos tienden a reconocer la realidad de la coyuntura y su poder como herramienta analítica.

La tendencia secular es la que más a menudo falta en el análisis. No es que las tendencias seculares no se discutan a grandes pinceladas; para muestra están temas tan trillados en el mundo moderno como el surgimiento de las clases medias, la urbanización, el crecimiento de la población, etcétera. Sin embargo, las grandes pinceladas no son tan necesarias como algunas explicaciones coherentes acerca de la forma precisa de las curvas; y por supuesto lo que también necesitamos es el dibujo de esas curvas dentro de sus límites adecuados, los de la unidad de análisis y los de la subunidad objeto de inspección directa, para así entender la importancia de las curvas de esta última.

Además –y éste es el elemento crucial- es necesario analizar la relación específica entre el grupo de ritmos cíclicos y las tendencias seculares correspondientes. Los ritmos cíclicos son de hecho única fuente posible de las tendencias seculares, lo que se debe a que una fase B nunca es el resultado de una fase A y, en consecuencia, la coyuntura nunca nos lleva al punto de partida. Ésta es la explicación de cómo los fenómenos pueden ser repetitivos y cambiantes al mismo tiempo. No obstante, esto no es una simple devoción. Debemos desear saber qué hay exactamente en el desarrollo de los ritmos cíclicos que vuelve inevitable la existencia de tendencias seculares. Por lo tanto llegamos al asunto de las contradicciones.

  1. Identificar y especificar las contradicciones inherentes a las estructuras específicas de un tipo particular de sistema histórico

Por supuesto las contradicciones no son meros conflictos. Es evidente que los conflictos son endémicos en todos los sistemas históricos y se les debe describir como parte de cualquier análisis que se considere válido. Pero las contradicciones son fenómenos aparte, pues son el resultado de restricciones impuestas por las estructuras sistémicas que hacen que un tipo de comportamiento sea óptimo para los actores a corto plazo y un tipo de comportamiento diferente, e incluso opuesto, sea óptimo para los mismos actores a mediano plazo. Entonces es obvio que las contradicciones son irresolubles. O más bien, en la medida en que los actores resuelven los problemas a corto plazo, generan problemas a mediano plazo. Es así como transforman los ritmos cíclicos (el resultado de las soluciones a los problemas de corto plazo) en tendencias seculares (la consecuencia de dichas soluciones a mediano plazo).

Por esta razón siempre debemos evitar el llamado presente antropológicos en nuestros escritos. De hecho los historiadores económicos tienden a ser bastante buenos en el uso del pretérito en el trabajo empírico, pero a veces pasan al tiempo presente cuando teorizan sobre la historia económica. Pero si la existencia de contradicciones es una premisa epistemológica, no puede haber tiempo presente en la teorización. Las teorías son abstracciones de realidades empíricas dadas y deben incorporar la “flecha del tiempo” en sus formulaciones.

  1. Distinguir cuidadosamente entre un giro en la coyuntura y una transición histórica

 La palabra “crisis” es una némesis ya que se utiliza indiscriminadamente para describir ambos fenómenos. Si existen ritmos cíclicos, debe haber puntos culminantes seguidos de depresiones. Esto por supuesto no es una “crisis” estructural, a pesar de que los actores particulares tal vez la consideren como tal, es más bien un giro normal en la dirección vectorial y en el ajuste de mediano plazo a los dilemas de corto plazo.

Las transiciones son un asunto muy diferente. Cuando la optimación de corto plazo provoca problemas a mediano plazo que se resuelven a través de ajustes de mediano plazo, el sistema histórico funciona de manera normal. Sin embargo, los ajustes a mediano plazo añaden más tiempo a las tendencias seculares que crean problemas a largo plazo. El problema clave del largo plazo causado por las contradicciones de un sistema ocurre cuando la tendencia secular llega a un punto tal que los ajustes a mediano plazo para resolver los problemas a corto plazo ya no son eficaces ni siquiera a mediano plazo. En este punto nos encontramos en lo que podríamos llamar una crisis sistémica donde, en la jerga de las ciencias físicas modernas, ocurren oscilaciones severas y una bifurcación que es transformativa. Esto es, debe haber una transición estructural del sistema histórico existente a otra cosa. Por supuesto, éste es un proceso razonablemente largo pero irreversible; cuyo resultado es incierto (o estocástico).

Es un gran error metodológico analizar dichas transiciones como simples momentos en un proceso histórico continuo, pues no lo son. Son momentos de una elección histórica muy importante que nos lleva a la cuestión de la cronosofía.

  1. Especificar y justificar la cronosofía que fundamenta la teorización

Krzystof Pomian (Cicli, 1977) inventó la palabra cronosofía, la cual se refiere a lo que suponemos acerca de la relación entre pasado, presente y futuro. La labor de todas las ciencias sociales históricas de los últimos dos siglos ha estado dominada de manera abrumadora por la cronosofía lineal personificada en la teoría del progreso. La relación del pasado, el presente y el futuro en esta cronosofía es una curva ascendente. Conforme a su versión rígida –la más difundida-, este ascenso de la humanidad ha sido inevitable e irreversible.

En el período actual en ocasiones se ha desafiado dicha cronosofía, pero los desafiantes propusieron una cronosofía cíclica poco convincente. Los protagonistas de la cronosofía de un mundo inalterable, tal y como los hay, han sido totalmente excluidos de las instituciones del conocimiento, y es por ello por lo que sólo hasta hace poco la teoría del progreso se ha enfrentado a un desafío importante; incluso ahora el desafío tiende a consistir en poner en duda la realidad del progreso, por lo general sin explicar otra perspectiva posible sobre el mundo. Esto es, los opositores actuales a menudo sólo han ridiculizado las bases ideológicas de la teoría del progreso sin realizar la ardua labor de proporcionar un nuevo marco de referencia. No basta con proclamar que todo es una disertación, ya que aun si esto fuera cierto, querríamos conocer la disertación entre pasado, presente y futuro.

Puedo sugerir una cronosofía alternativa: la teoría del progreso posible. Si existen sistemas históricos y cada uno tiene ritmos cíclicos y tendencias seculares, si cada uno tiene sus contradicciones y cada uno llega al punto de divergencia o bifurcación que es intrínsecamente estocástico por naturaleza, entonces han existido momentos (muchos momentos) sucesivos en el tiempo y en el espacio históricos en los cuales se han dado las alternativas históricas más importantes.

Decir que una transición es estocástica no es lo mismo que decir que todo y nada es posible. El número de vectores posibles no es infinito pero se ubica dentro del rango creado por la suma de las realidades existentes. Por ende, las alternativas que tenemos en la actualidad son bastantes diferentes de aquéllas disponibles en el año 1450 d.C. o en el año 500 a.C. La flecha del tiempo es irreversible y acumulativa, pero no inevitablemente progresiva.

Desde luego progresivo es un concepto moral y se mide por la referencia a algún grupo de suposiciones acerca de la buena sociedad, pero estas mismas suposiciones son de la mentalidad del sistema histórico del cual somos miembros y son ellos mismos variables y variantes. No obstante, podemos estar de acuerdo de manera provisional en lo que se supone consideramos el progreso y podemos evaluar la transformación histórica a la luz de estos criterios.

 La divergencia permite resultados muy diferentes (aunque dentro de ciertos parámetros) porque las estructuras existentes se han vuelto tan frágiles que una pequeña fluctuación puede, en este momento del tiempo, tener grandes consecuencias en contraste con la posibilidad de pequeñas consecuencias en el caso de incluso grandes fluctuaciones en los sistemas actuales (de ahí la aparente tendencia al equilibrio). Si pequeñas fluctuaciones generan grandes consecuencias, entonces es claro que los múltiples actores podrían aprovechar esta situación tipo “libre albedrío” para promover proyectos particulares. Tenemos el equivalente a una volea rápida entre tenistas o jugadores de ping-pong connotados, donde la capacidad del analista para fijar la vista en la bola y a la vez calcular todos los detalles es clave para predecir o incluso para entender el resultado de manera retroactiva. Ésta es la “obra de moralidad sobre un enorme lienzo” del E. L. Jones. Sería anticientífico ignorarlo.

Por lo tanto ahora llegamos a la última de las prácticas metodológicas, la más difícil de seguir.

  1. No existen fenómenos económicos característicos que puedan distinguirse de los fenómenos políticos y sociales: el todo es una madeja inseparable.

Las ciencias sociales del siglo XIX nos dejaron un terrible legado: la afirmación de que la realidad social ocurre en tres escenarios diferentes y separados –el político, el económico y el sociocultural. Hemos edificado nuestras instituciones del conocimiento con base a esta distinción, y en nuestra literatura hablamos de tres tipos de factores o variables. Por fenómenos económicos nos referimos a los relacionados con el mercado ficticio, los fenómenos políticos son los relacionados con la toma de decisiones del estado, y los fenómenos socioculturales son aquellos determinados por nuestros estados de ánimo (en general se piensa que son más “subjetivos” en contraste con las limitaciones “objetivas” del mercado y el estado). Pero esto carece de sentido en lo que se refiere a cómo funciona el mundo realmente. Nadie, de manera subjetiva, tiene motivaciones segregadas: la económica, la política y la sociocultural; y tampoco existen instituciones reales que de hecho estén en un solo escenario.

Tomemos una institución típica sobre la cual los historiadores económicos escriben con regularidad: sistemas de producción en la agricultura y la industria. ¿Por qué denominamos dichos escritos historia económica? Si se leen otros documentos además de los que generan los historiadores económicos, salta a la vista que estas estructuras no se describen completamente en términos de cómo se relacionan con un “mercado”. Los sistemas de producción están organizados como una serie de relaciones sociales que encarnan sistemas de creencias particulares. Dan por supuesto procesos político particulares y a la vez están limitados por éstos. En la práctica, nuestro análisis tiene que ser “holístico” para tener siquiera una validez nominal. Así que, ¿por qué evitamos el asunto en teoría?

En la actualidad, la sagrada tríada de la política/economía/sociedad-cultura carece de valor intelectual heurístico; tal vez nunca lo tuvo, pero es claro que ahora no lo tiene. Esto es admitido cada vez más por los historiadores económicos, quienes se están convirtiendo en “historiadores sociales”. Pero por supuesto no debemos tirar toda la canasta de manzanas sólo porque unas cuantas están podridas. Sí, estudiemos la dinámica de la historia de la familia, pero no olvidemos las curvas de precios en el proceso. ¿Por qué no volvernos a lanzar de lleno y analizar también de manera específica la política de las curvas de precios o de la historia de la familia? En resumen, mientras los historiadores económicos exigen que se reemplace a la economía, también deberían insistir en que se descarte el adjetivo “económico”, no para olvidar los factores económicos sino para insistir en el análisis holístico.

Necesitamos una reorganización fundamental de la actividad del conocimiento en las ciencias históricas sociales en la escala global. En el pasado, el espíritu de los historiadores económicos ha sido el que más se acercó al tipo de ciencia social histórica que debemos crear en el futuro: una en la que identifiquemos nuestra teoría fuera del estudio de la realidad, esto es, fuera de la historia. La única realidad es la que está en constante cambio. Esta es la realidad histórica que debemos teorizar.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: