Raza y mestizaje: los mitos que narran la identidad de África y Nuestra América. Por Mariana Rangel Barreto

Sir Peter Lely, Isabel condesa de Dysart, circa 1650.

Mariana Rangel Barreto

En la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, el profesor Ronny Velázquez (quien estoy segura le gustaría ser presentado como un kuna) imparte la clase “Literaturas indígenas venezolanas”, cátedra abierta al Programa de Cooperación Interfacultades, lo que ha permitido que desde hace algunos semestres ya sea una especie de tradición para varios estudiantes de la Escuela de Sociología (y de otras Escuelas, vale destacar), “ver clase con Ronny”.

En este espacio pude comprender mejor la importancia y la influencia que ejercen los mitos en nuestras vidas. Reúnen el lenguaje de signos, símbolos, significados y representaciones que en buena medida le dan sentido a nuestra realidad. Quiero decir: no sólo se estudian mitos en la literatura, tampoco se circunscribe únicamente a una manifestación cultural de los grupos sociales diversos reunidos bajo la categoría de “no-occidentales”: en todo caso, nosotros también contamos con una serie de mitos que dan cuenta de nuestra vida “moderna”. Siguiendo una epistemología socio-constructivista, quisiera señalar a propósito de la fundamental importancia del lenguaje como vehículo para transportar la realidad, la consecuente dimensión del mito para fabular sistemas de creencias, para reproducir y retransmitir las imágenes, los paisajes, los personajes, las divinidades, las identidades, la memoria, la herencia… etcétera.

En este sentido, los conceptos de raza y mestizaje han servido a lo largo de los últimos siglos de historia colonial como mitos, sistemas de creencias sedimentados en nuestro inconsciente cultural; decimos que no es consciente porque habitualmente no suponemos que se trata de mitos: de hecho son, precisamente, asimilados como su opuesto racional… es por eso que en el caso particular de raza y mestizaje también podemos decir que constituyen una ideología, en el sentido que Ludovico Silva interpretaba, tomando en cuenta que no por ello todo mito es, automática y simultáneamente, ideología.

Ambos mitos invisibilizan las contradicciones y los fuertes choques que significaron el pillaje colonizador que los europeos emprendieron tanto en el continente africano como en el americano. En el presente ensayo, partimos de la lectura a cuatro autores que abordan la cuestión del racismo y del mestizaje en tanto ideologías del occidentalismo, que finalmente se han consolidado, también, como mitos, esto es: un conjunto de ideas, símbolos, signos, representaciones y relatos que se han reificado en el sentido común, y que explican la realidad dentro de los mismos linderos cuasi axiomáticos que la mantienen constreñida.

Raza: una construcción social

Contrario a lo que probablemente un número importante de personas aún supongan, no existe evidencia científica exacta de las diferencias genéticas ni fisiológicas entre los seres humanos, más allá de las diferencias fenotípicas, como el color de la piel, su estatura o los rasgos de sus facciones. En definitiva, no podríamos decir que estas disimilitudes supongan la supremacía de unos seres humanos sobre otros. La “raza”, más que un concepto verdaderamente atribuible al mundo de la biología, es un constructo social y cultural que nace con el claro objetivo de legitimar la dominación de los pueblos colonizados.

El autor francés Pierre Taguieff señala que a partir del siglo XIX el discurso en torno a las diferencias de raza pone énfasis en sus pretensiones científicas, esto es: el racismo de doctrina o racismo científico. Criticar este discurso positivo que busca constituir hegemonía cultural es precisamente la base de nuestro enfoque, visibilizando su carácter ideológico –de falsa conciencia–; continuando con los planteamientos de este autor, compartimos este concepto de racismo que él plantea:

“¿Qué entendemos ordinariamente por la expresión “el racismo”? primero que nada, una ideología, la teoría pseudo científica de la desigualdad de las razas humanas, fundada sobre un grosero determinismo biológico del estilo: “tal raza, tal cultura” o “tal raza, tal conjunto de aptitudes”. Luego, un conjunto de conductas y de prácticas discriminatorias, que acompañan actitudes de intolerancia y pasiones negativas como el odio y el resentimiento.”

En todo caso, debemos tener especial cuidado de no caer en generalizaciones, al contrario, es más que urgente caracterizar e interpretar las diferencias y particularidades existentes en cada manifestación del racismo[1], de uno a otro momento y contexto histórico: están, por una parte, movimientos etnocentristas con tendencias al nacionalismo, el etnocidio que es distinto a la esclavización… también, el autor plantea la cuestión de si acaso el racismo puede ser considerado como un fenómeno universal, lo cual sería equivalente a decir que es atribuible a la naturaleza de las sociedades humanas. Se trata de poner orden al caos semántico que puede llevar a confundir la xenofobia, el racismo y el etnocentrismo entre sí.

En este sentido, me parece pertinente hacer una comparación entre etnocidio y esclavismo tal como plantea Taguieff, para leer la situación del África[2], un continente cuyas mujeres y hombres fueron secuestrados, esclavizados y  explotados, al tiempo que ocurría el mayor de los etnocidios… todo aquello transcurriendo de manera sostenida durante siglos.

Identidad y diferencia, Otredad y dominación.

La ideología de la modernidad consiste (entre otros elementos) en auto-enunciarse como “lo moderno”, lo último, lo más reciente: se trata de una representación de la historia y por tanto, de la temporalidad, como si ésta tuviese un comportamiento lineal, evolutivo, obviando por completo que más que una expansión en el tiempo, se trató de una expansión en el espacio, una invasión que fue territorial; quiero decir, podemos constatar que hoy día, año 2015, en la Amazonía venezolana y brasileña viven comunidades Yanomami (por precisar un ejemplo), quienes procuran dar continuidad a su modo de existencia ancestral; no forman parte de la historia “pasada”: son historia viva. Ellos también son parte del arribo de la modernidad.

La idea del racismo surge en el contexto de la configuración de un sujeto que se auto-denominaba “moderno”, de origen europeo (blanco y heterosexual), y de voluntad colonizadora que configuró su propia identidad a partir del principio de su propia evolución o superioridad con respecto a los Otros, siendo esta la base de la diferencia y la alteridad; “el Otro” colonizado, pasa a ser objeto de una violencia que tenía por fin último conseguir su dominio absoluto, incluso si aquello suponía despojarle la propia humanidad:

“La violencia racial manifiesta, en efecto, una perversión vinculada de algún modo con la estructura de nuestra concepción del sujeto moderno que “impone” reconocer sólo al idéntico, al parecido a uno mismo, y transforma al otro, al diferente, en objeto e instrumento del propio deseo y de la propia necesidad de disfrute.

En esta violencia hacia los diferentes hay un surplus de agresividad, una gratuidad que impide reducirla a mera figura delictiva. En ella aparecen un odio y una angustia más profundos que procede de la misma constitución subjetiva del agresor: la necesidad coactiva de reducir al otro, al diferente, a objeto de dominio absoluto.”

Pietro Barcellona señala de qué manera el proyecto hegemónico del Estado moderno procuró disimular el problema no resuelto de la igualdad de sus sujetos a través de la institucionalización de un “universalismo jurídico”, representado en las constituciones nacionales, y que pretende resumir las diferencias porque aparentemente pueden ser contenidas por el Gobierno elegido “democráticamente” (más bien, por la restringida vía del sufragio), ocupando el lugar del Estado; todo ello, en conjunción con la expansión de las relaciones monetarias de mercado significó la invisibilidad de temas como el de la disputa por resignificar el sentido de los derechos humanos, sacrificados a merced de la expansión del modelo de vida capitalista, que impone un régimen de extrañamiendo del otro[3].

El mito del mestizaje

Nestor Braunstein hace una aproximación por demás interesante al concepto de mestizaje, planteándolo más bien como un mito “eficiente para producir (…) la racionalización de la dominación, vale decir, lo real mitificado y ocultado por su discurso”. Resulta útil equipararlo con el mito del progreso, o del desarrollo: son sistemas ideológicos cuyo poder consiste en el profundo arraigamiento en la conciencia de las personas que reproducen y habitan estas realidades.

El argumento central de este autor radica en visibilizar que el mestizaje no consiste simplemente en la fusión de dos razas; supuso la unión del hombre español con la mujer indígena (o africana, en el caso caribeño), “en una clara diferenciación de los lugares sexuales” (…) excepcional y confirmatorio de la regla es el caso de la unión, siempre repudiada, de la mujer blanca con el indio. El mestizaje no fue una cruza; fue el efecto de prácticas de violación sostenidas por siglos que arrojaron un saldo de bastardos, hombres y mujeres que nacían por millones fuera de lo vínculos matrimoniales contractuales, en una unión desigual donde al tradicional poder fálico se agrega el poder racial, el político, el económico y el lingüístico.”

Braunstein hace una crítica aguda a los intentos de la escuela psicoanalítica por racionalizar y psicologizar procesos que pierden sentido cuando se quieren leer a través de lo individual, pues su complejidad reside en su dimensión histórica que afectaron a las grandes masas de los desposeídos,

 “… hay un doble discurso racista, aparentemente contradictorio, pero sucede que los dos discursos son los del amo. No es fácil dividirlos en discurso del colonizador y discurso del colonizado: porque el discurso del colonizado, discurso glorificador de la raza mexicana, es el doble especular del discurso del colonizador foráneo y lo refuerza con la pretensión de invertirlo. La palabra colorea y escinde la subjetividad de quien habla en lo general pero que no se asume sino de modo denegatorio en lo personal. Yo, asumiendo el mestizaje, no viaja al lugar donde Ello, el mestizo, estaba.”

La introyección de la identidad racial, impuesta por el colonizador, dificulta los procesos de verdadero empoderamiento identitario, nos distancia de la ruptura epistemológica. Rastrear la memoria supone desandar los pasos desperdigados y entrecruzados de millones de personas que fueron arrancadas de sus hogares, para no volver.

En una publicación de la socióloga venezolana Esther Pineda –que lleva por título Racismo, endorracismo y resistencia – la autora plantea que las personas afrodescendientes, subjetivamente, no tienen una verdadera “conciencia” o sentido compartido de un origen común. Aquellas personas que provenían de distintos y lejanos lugares fueron despojadas de sus tierras y sus gentes, buscando enterrar la diversidad cultural de continentes enteros, en nombre de la civilización. Para nosotrxs, (caribeñxs, hijxs de Abya Yala, hermanxs del África toda) desencarnar estos mitos no supone un empecinamiento terco: es la base necesaria para reconquistar nuestro sentido común, nuestra pertenencia, permanencia e identidad.


Notas

[1] Taguieff también habla del “carácter pluridimensional del racismo”, que incluye las actitudes, los prejuicios y estereotipos, los comportamientos o prácticas sociales, los funcionamientos institucionales que son excluyentes, y los discursos ideológicos, que pueden estar o no ligados a programas políticos.

[2] El orden geopolítico actual ha creado una cartografía llena de cuadrículas igual de arbitrarias que cualquier otra línea sólo que estas, definitivamente, contienen en su rectitud la odiosidad colonial e imperial de los que se atribuyeron el poder de repartirse el África y su pueblo a capricho. Desmembrar, fragmentar y desarticular en pequeños países la Nación africana es claramente parte de la estrategia que insiste en mantener a su pueblo diseminado, debilitado política y económicamente.

[3] A propósito de este asunto de las relaciones afectivas entre los miembros de una comunidad y la dimensión política que ello supone, me gustaría introducir a modo de comentario al margen, un llamado a la pertinencia que supone plantearse en términos más concretos la transición hacia un modelo no-estatal, fundamentalmente porque el Estado es (considero) indisociable de la Nación y en ella está contenido el germen del etnocentrismo nacionalista, por un lado, y por otro, porque esto mismo supone la existencia de un contexto geopolítico donde convergen y se relacionan países en situación de “diplomática competencia”, de tensa paz, pues cada uno de ellos representa un Leviatán, un monstro de latencias despóticas e imperiales, un relato o mito que está vinculado con aquel que atribuye una naturaleza de vil competencia a la humanidad… en conclusión, suscribo el pensamiento de Barcellona, cuando expresa que “la solidaridad entre individuos está inscrita en la trama de los vínculos comunitarios que realizan la solidaridad sin la mediación estatal.” Durante el II Congreso Internacional de Saberes Africanos, Caribeños y de la Diáspora, “El Caribe que nos une”, como parte del programa de las conferencias inaugurales, el profesor Esteban Emilio Mosonyi (Venezuela, rector de la Universidad Nacional Indígena del Tauca, y miembro recientemente admitido de los Wayuu) expuso sobre la “Unidad regional de Abya  Yala y el caribe frente a la crisis mundial inducida”, aduciendo una advertencia que consiguió que todo el auditorio se acomodara en sus asientos: pareciera que estamos escogiendo, una vez más, entre la Patria de Bolívar, y la de Páez. Nada bueno resulta de caer en hiper-criollismos, en nacionalismos empecinados que nos desvíen de objetivos estratégicos para la región, para los pueblos. Se trata de un ejercicio epistemológico que parta de la decolonialidad, que nos permita comprender las territorialidades y las soberanías más allá de la lógica burocrática y delegativa del Estado nacional. El estudio de los pueblos nómadas, con identidades deslindadas de las fronteras de un país, o de las comunidades indígenas asentadas en las fronteras (evidencia de que han sido sostenidamente “empujadas”, expelidas hacia los extremos, los márgenes, del Estado), son temáticas que parecieran contener las pistas para dilucidar los intríngulis de la cuestión.

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