Conflictos y formas de lo político en Venezuela: lo comunal, la archi-política y lo corporativo. Por Malfred Gerig

Francisco Frasso Solórzano, Casa de partido AD San Agustin, 27 de Febrero de 1989.

Francisco Frasso Solórzano, Casa de partido AD San Agustin, 27 de Febrero de 1989.

Por Malfred Gerig

La Revolución Bolivariana irrumpe en la política venezolana como la necesidad de construir una nueva manera de lógica sensible. La ruptura con la vieja política “adeca” se centraba en rescatar a lo político como conflicto, partiendo de la negatividad contenida en lo popular durante mucho tiempo, y que había estallado como acontecimiento el 27 de febrero de 1989. Una nueva manera de hacer, decir y sentir empezaban a cohesionarse. Era el retorno de lo reprimido en toda su potencia. Tanto el conflicto como la distinción amigo/enemigo estarían presentes como la forma de actuar y pensar la política por excelencia en adelante.

Por lo cual la pregunta por el estado de lo político en la actualidad debe tener  en cuenta a la emancipación expresada en una nueva forma de hacer, decir y sentir; como también al conflicto antagónico. Estos siguen siendo los puntos normativos hegemónicos que se intentan construir o derrotar.

Hoy la política en la Venezuela Bolivariana se mueve entre opciones, en apariencia disimiles, pero también imbricadas: el proyecto Bolivariano traza un zigzag entre una forma corporativa y  otra que podemos llamar comunal. En el primer caso nos encontramos con el repliegue del chavismo hacia un estado administrado vía el aumento del consumo. El modelo político, pese a la retórica sobre el socialismo, se centra en satisfacer y crear nuevas necesidades de productos manufacturados importados. Estableciendo lógicas desmovilizadoras, clientelares, encapsuladas sobre “lo oficial” en la relación pueblo y Estado. Forcluyendo así el impulso emancipatorio contenido en las clases subalternas. “Industrialización por sustitución de importaciones” aparece en el discurso como el revival adeco de nuevo cuño.

Por otra parte, lo comunal  apuesta por  el retorno y la aparición de nuevas formas sensibles que potencien un horizonte post-capitalista. Prestando especial interés en una nueva manera de producir, distribuir y consumir apalancado en lo común. Intentando una profunda democratización a través del poder constituyente. Rescatando saberes forcluidos pero necesarios para ensayar una manera otra de reproducción de la vida. Debemos imaginar lo comunal como lo impensado: un poder femenino construyendo comunas, es un buen inicio para ensayar lo que Jameson ha denominado la utopía como deseo.

Así mismo, tras las constantes derrotas, el campo opositor retorna en clave de ofensiva simbólica. El modelo de vida pasa al frente de batalla; se apela por la construcción de una subjetividad reaccionaria cercana a las clases medias, con los objetos-signos del capital como factor atrayente. La intensificación de las importaciones lo permite. Estos sujetos reaccionarios encajan en la estrategia archí-política trazada desde la derecha, a saber, pensar la política desde la necesidad de extracción de un ruido que ha invadido el cuerpo y necesita ser extirpado, para así volver al perfecto desenvolvimiento del mismo. Considerado ruido,  se le niega su capacidad para emitir una forma de vida, y por lo tanto se forcluye su universo significante. Ese sujeto es el chavismo y lo que representa: lo popular, subalterno, siempre expulsado como parte constituyente de la comunidad política.

El  espacio político es siempre dominado bajo la lógica amigos/enemigos. Donde Chávez viene a funcionar, de una forma u otra, como mediador evanescente o agente catalítico, en tanto que es lo que permite la aglutinación de las dos partes en disputa. La oposición se organiza como negatividad a lo popular y su mundo de vida simbólico ahora en el poder, representado por Chávez. El chavismo se sostiene en “el líder” para “resolver”, o más bien excluir las contradicciones propias de cualquier revolución. Sin embargo sigue estando el dominio univoco de lo político, sobre todo en la subsunción de la vida social a la lógica antagónica que domina el espectro político. Permanece, pues,  el litigio como objeto nodal. La teología política que engloba al líder despierta sentimientos coléricos en la intelectualidad de derecha que anhela una política “racional” y secularizada. Una política de canje que opere igual que el mercado.

Tras la muerte de Chávez desaparece también el agente catalítico que era factor constitutivo de toda la comunidad política. De la misma forma que retornan los “traumas” irresolutos postergados evanescentemente. Los pactos hasta ahora funcionales comienzan a resquebrajarse, ya que el factor constitutivo ha desaparecido. La historia se acelera, abriendo espacio a la aparición de acontecimientos; aunque paradójicamente el vacío se vive como clausura.

Este vacío intentará ser llenado, como es natural, por “el legado” como significante. Las disputas se abren alrededor de quién es el que representa la continuación del legado. El litigio en este intersticio entre dos estados, momento en el cual nos encontramos, es la aportación de pruebas de las partes en disputa para determinar quién se acerca o se aleja más del “legado”. El cual sigue siendo el significante hegemónico de la comunidad política.

La “fidelidad al legado” es el campo que cuenta con mayor legitimidad de buenas a primeras. En la aportación inicial de pruebas posee algunas incuestionables (como el discurso de Chávez el 8 de Diciembre de 2012). Sin embargo, en el devenir estará el riesgo, ya que se le atacará por lo que precisamente lo legítima: si le permanece fiel al legado o si se le ha traicionado. Sobre este punto debemos recordar que la forma de derrota más aterradora para una revolución es vencer en vano, a saber,  cuando las revoluciones triunfan pero son incapaces de transformar a la sociedad. El fantasma de repetir la vieja política adeca aparece al acecho; ser vencidos por el pragmatismo, entro otros discursos restauradores.

La aparición de denuncias de “desviación” desde lo interno es algo que podemos esperar, significando que las coordenadas simbólicas del legado siguen siendo hegemónicas. Los ataques a la fidelidad al legado desde adentro tendrán a la auto-purificación  del chavismo como horizonte. Corrupción y desvió estarán de esta forma en la mira.

En otro lugar, la oposición intenta expulsar de la comunidad política todo lo que conlleva “el legado”, principalmente a lo político, el conflicto y lo popular, sin embargo se mantiene atrapado en su manto simbólico. Camuflaje y odio emergen como maneras de actuar para la oposición. En tanto que lucen contradictorias son signo de verdad de la estrategia del proyecto neoliberal mimetizado. La extimidad como odio propio e íntimo del sujeto opositor, que  solo puede ser reconocido en el sujeto popular, se apodera de las clases medias. Los masificados y forcluidos se convierten, de acuerdo a este odio, en el factor que impide el “Miami nuestro” como utopía absoluta. Por lo tanto debe ser extirpado de cualquier manera. La opción bélica surge entonces como única manera de volver, de acuerdo al campo opositor, a la Venezuela idílica.

No obstante, lo interesante aparece, cuando recordamos que el significante funciona como tal solo cuando es vacío, es decir, cuando las partes en disputa pueden llenarlo con sus contenidos particulares. En  suma, en este momento la confrontación política gira alrededor de envolver proyectos particulares con el manto del “legado”. Devenido a su vez en significante vacío. Las partes siguen actuando bajo las coordenadas simbólicas que “el legado” establece.

La emergencia de una “crisis” económica, a saber, política, reclama la reconfiguración  de la comunidad política, incapaz de seguir encapsulada en este entre dos estados. La aparición de lo político aquí no solo puede ser en la lucha por colonizar el significante vacío. Sino también con la aparición de nuevas gramáticas que den lugar a acontecimientos, los cuales son totalmente pre-formativos de una nueva manera de lo político. De allí que se pueda instaurar el litigio desde lo más genuino de lo popular, subalterno o comunal. O dar lugar a la opción reaccionaria de volver a un pasado de exclusión, pobreza y violencia, creado desde la narrativa de derecha como único lugar posible, deseado, e inclusive, un lugar mejor. También esta la forma menos genuina de derrota: mostrarse incapaz de construir algo nuevo en lo económico. Antes bien, debemos recordar que en este momento la Revolución Bolivariana se juega el test de verdad de cualquier revolución, esto es, su capacidad para crear algo nuevo en lo económico, una nueva manera de producir, distribuir y consumir.

Así las cosas parecen abrirse espacios para la reemergencia de agentes litigiosos sobre lo común dentro de la sociedad venezolana. Parece haber lugar a lo político en lo que este tiene de conflicto.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: